
enero 31, 2026
El pregón del periodista, Salvador Campello, abre las fiestas de San Agatángelo, patrón de Elche
A.S./J.M. El periodista, Salva Campello, ha sido el encargado de abrir las fiestas del patrón de Elche.
Ha hecho un pregón invitando a la ciudadanía a participar en las actividades que se van a celebrar durante los próximos días.
Y, en estos tiempos, en los que tanto se habla y tanto se usa la inteligencia artificial, también ha tenido parte de protagonismo.
Eso sí, al final ha contado y ha quedado claro que San Agatángelo comenzó a formar parte de su vida “de la mano de mis padres, esperando la procesión” y que “San Agatángelo se celebra compartiendo”.
Ha añadido que “San Agatángelo no nos llegó por un libro. Nos llegó por la mano de alguien”, sino con esa “transmisión” que hace que las tradiciones perduren en el tiempo.
El pregonero ha destacado las fiestas de San Agatángelo con un “encuentro”, porque “representa una manera de entender la fiesta no como espectáculo, sino como encuentro”.
Aquí se puede leer el pregón íntegro:
«Autoridades, representantes de la comisión, reinas y damas de las fiestas, vecinos, amigos, ilicitanos todos.
Gracias por invitarme a compartir este momento. Un pregón no es solo un discurso. Es una conversación con la ciudad. Y hoy me toca hablarle a Elche mirándola a los ojos, desde esta parroquia que estos días se convierte en punto de encuentro, de paso y de regreso.
Cuando me propusieron dar el pregón de las fiestas de San Agatángelo, lo primero que pensé fue: ¿por dónde empiezo?
Y lo segundo —no os voy a engañar— fue: voy a pedir ayuda.
Pensé en hacerlo como se hacen ahora muchas cosas. Con inteligencia artificial.
Así que abrí el ordenador y escribí una pregunta sencilla:
¿Quién fue San Agatángelo?
La respuesta fue inmediata. Educada. Correcta.
Y también desconcertante.
Porque, más o menos, venía a decirme que no tenía constancia clara de su relación con Elche.
Que era un santo de época romana.
Que su historia era difusa.
Que su biografía no estaba del todo clara.
Y al leerlo pensé: pues igual no voy tan desencaminado.
Porque si somos sinceros —y hoy toca serlo—, San Agatángelo no es un santo del que todos sepamos hablar largo y tendido.
No es una historia que se explique en dos frases.
Hasta Pepe Payá tuvo que dedicarle un libro entero a ello…
No es un nombre que aparezca todos los días en nuestras conversaciones. Así que volví a preguntarle.
Le pedí más datos.
Le pedí precisión.
Le pedí contexto.
Y me dio fechas.
Nombramientos.
El patronazgo.
Todo correcto. Todo exacto. Todo… un poco frío.
Hasta que me di cuenta de algo importante.
Quizá estaba haciendo la pregunta equivocada.
Porque a lo mejor el problema no era que San Agatángelo no estuviera claro.
A lo mejor el problema era cómo lo estábamos mirando.
Así que cambié la pregunta.
En lugar de preguntarle quién fue San Agatángelo, le pregunté algo distinto:
¿Cómo se celebra San Agatángelo en Elche?
Y entonces la respuesta cambió.
Empezaron a aparecer palabras conocidas.
Escenas reconocibles.
Momentos que todos tenemos en la cabeza aunque no los tengamos escritos.
Y ahí entendí la clave de este pregón.
Porque puede que haya gente que diga que no conoce bien a San Agatángelo.
Pero no conozco a nadie en Elche que no reconozca cómo se celebra San Agatángelo.
Lo sabemos porque se engalana la calle.
Porque la imagen sale de Santa María y vuelve a caminar hacia esta parroquia acompañada de música y de gente.
Porque hay novena.
Porque hay campanas.
Porque hay cohetes.
Porque Elche, cuando celebra a su patrón, no lo hace en silencio.
San Agatángelo se anuncia.
Se avisa.
Se hace sonar.
Se hace sonar cuando voltean a la vez las campanas de aquí y de Santa María. Se hace sonar con una cohetà que no pregunta si estás preparado.
Se hace sonar para que la ciudad entera sepa que estos días pasa algo.
Y a partir de ahí, empiezan a pasar cosas.
Empiezan a pasar cosas para todos.
Para los niños, que encuentran su espacio, su mundo infantil, sus juegos, sus castillos, su magia.
Para quienes salen al pasacalles y reconocen en la música una forma de recorrer el barrio.
Para quienes se sientan a una mesa común y saben que ese día no se come solo.
Porque San Agatángelo, en Elche, se celebra alrededor de una mesa.
Da igual si es una paella gigante para muchos o una mesa improvisada para unos pocos.
Da igual si es en la carpa o en mitad de la calle.
Da igual si es con mantel o sin él.
San Agatángelo se celebra compartiendo.
Y pocas cosas explican mejor quiénes somos que una cena de cabasset.
Una mesa larga.
Sillas que no son iguales.
Alguien que trae de más “por si acaso”.
Otro que se suma sin preguntar.
Eso es San Agatángelo.
Eso es Elche.
Y sí, también hay pólvora.
Y fuego.
Y castillos que cierran una procesión como solo aquí sabemos hacerlo.
Ese ruido que a veces molesta un poco.
Pero que, en el fondo, tranquiliza.
Porque cuando hay ruido en la calle es que la ciudad está viva.
Y San Agatángelo no es una fiesta silenciosa.
Es una fiesta que se oye.
Que se huele.
Que se nota.
Mientras todo eso pasa, mientras la imagen recorre el barrio, mientras suenan las campanas y la música, nadie está pensando en la biografía exacta del santo.
Ni falta que hace.

Y aquí permitidme que me detenga un momento. Porque, aunque antes he dicho que no todos sabemos explicar quién fue San Agatángelo, sí sé perfectamente cuándo empezó a formar parte de mi vida.
Yo no recuerdo a mis padres sentándome a explicarme su historia completa.
No recuerdo una lección.
No recuerdo un discurso.
Lo recuerdo de otra manera.
Lo recuerdo de niño, de la mano de mis padres, esperando la procesión.
Recuerdo ese rato previo, cuando aún no ha llegado nada, pero ya está pasando algo.
Recuerdo mirar a los mayores, mirar a la gente, mirar la calle.
Y recuerdo también caminar por Elche y que, al pasar por el Puente de la Virgen, alguien —mi padre, mi madre— señalara una hornacina de piedra y dijera: “Ese es San Agatángelo.”
No había mucho más.
No hacía falta.
Porque no era una clase de historia.
Era una transmisión.
San Agatángelo estaba ahí.
En la piedra.
En el camino.
En la ciudad.
Y eso, con el tiempo, se queda.
Se queda de una manera muy curiosa.
No como una fecha exacta.
No como un dato cerrado.
Sino como una certeza tranquila.
La certeza de que forma parte del paisaje.
De que siempre ha estado ahí.
De que pertenece a la ciudad igual que pertenecen sus calles, sus puentes o sus campanas.
Y creo que a muchos nos ha pasado algo parecido.
San Agatángelo no nos llegó por un libro.
Nos llegó por la mano de alguien.
Por una frase al pasar.
Por una tarde de procesión.
Y quizá por eso, cuando ahora preguntamos quién es, dudamos un poco…pero cuando llega febrero, nadie duda.
Porque entonces pasan cosas.
Y pasan cosas nuevas.
Porque las fiestas, para seguir vivas, también necesitan atreverse a crecer.
Este año, por primera vez, San Agatángelo se va a celebrar también con una ofrenda de flores.
Un gesto sencillo.
Pero muy potente.
Un acto nuevo que no nace para ser anecdótico, sino para quedarse.
Para sumar.
Para hacer más grande la fiesta.
Porque una ofrenda no es solo llevar flores.
Es caminar juntos.
Es presentarse como barrio, como comisión, como ciudad.
Es decir: aquí estamos.
Y me gusta pensar que San Agatángelo, que siempre ha sido una fiesta de encuentro, encuentra ahora una forma más de reunirnos.
Y junto a esa idea, ha nacido otra que me parece especialmente ilicitana.
La de crear un dulce propio de San Agatángelo.
Un dulce que no viene de siglos atrás.
Que no aparece en ningún recetario antiguo.
Pero que, precisamente por eso, tiene algo muy valioso: nace hoy.
Por primera vez, el día del patrón, por la mañana, se irá al obrador a bendecir la masa madre.
Y por la tarde, ese pan dulce se compartirá con quienes asistan a la misa.
Y esto no es un detalle menor.
Porque en Elche, seamos claros, las fiestas también entran por el estómago.
Aquí asociamos celebraciones a sabores.
A olores.
A cosas que se comen y se recuerdan.
Y me parece una idea preciosa que San Agatángelo empiece a tener también el suyo.
Pero, además, me gusta por otra razón. Porque no es una receta complicada.
No es algo solemne.
No es algo que solo se pueda disfrutar un día.
Es algo sencillo.
Cotidiano.
Algo que cabe en un bolsillo.
Algo que te puedes llevar contigo cualquier otro día.
Y ahí está la clave.
Porque es convertir lo cotidiano en festivo.
Lo sencillo en símbolo.
Lo de cada día en tradición.
Exactamente igual que pasa con San Agatángelo.
Una tradición que no se impone.
Que no se explica demasiado.
Que se comparte.
Y es que las fiestas no se conservan solo repitiéndolas.
Se mantienen vivas cuando se atreven a crecer, cuando entienden que sumar no es traicionar, sino cuidar.
Porque lo que no evoluciona se va apagando poco a poco, casi sin que nos demos cuenta.
No desaparece de golpe: simplemente deja de sentirse necesario.
Y por eso cada gesto nuevo —una ofrenda, un dulce, una manera distinta de encontrarnos— no resta tradición, la refuerza.
San Agatángelo sigue aquí porque alguien decidió no limitarse a repetirlo, sino seguir celebrándolo.
Elche es una ciudad con raíces profundas.
Pero no es una ciudad inmóvil.
Aquí la tradición no se guarda en una vitrina.
Se saca a la calle.
Se celebra.
Se adapta. Y San Agatángelo es un buen ejemplo de eso.
Puede que no todos sepamos contar su historia completa.
Pero todos sabemos reconocer su fiesta.
Sabemos que es momento de parar un poco.
De juntarnos.
De volver a sentir que esta ciudad no se vive solo… se comparte.
Y quizá por eso, aunque haya quien diga que no lo conoce bien, San Agatángelo sigue siendo profundamente ilicitano.
Porque representa algo muy nuestro: la importancia de lo colectivo, de lo cercano, de lo cotidiano.
Representa una manera de entender la fiesta no como espectáculo, sino como encuentro.
No como algo que se consume, sino como algo que se vive.
Y al final, cuando terminé de explicarle todo esto a la inteligencia artificial, ocurrió algo curioso.
Ya no dudaba.
Había entendido perfectamente quién era San Agatángelo para Elche.
No por los libros.
No por los archivos.
Sino por la gente.
Por la manera en la que lo celebramos.
Por cómo llenamos las calles.
Por cómo nos reconocemos esos días.
Y pensé que, quizá, eso mismo es lo que nos pasa a nosotros.
Que a veces creemos que no sabemos suficiente… cuando en realidad lo estamos practicando desde siempre.
San Agatángelo no necesita grandes explicaciones.
Necesita mesas llenas.
Calles ocupadas.
Campanas sonando.
Y vecinos encontrándose.
Necesita Elche siendo Elche.
Así que permitidme que termine como se debe terminar un pregón.
Invitándoos a vivir estos días.
A participar.
A salir a la calle.
A celebrar San Agatángelo como sabemos hacerlo.
Con orgullo.
Con alegría.
Y con ese sentimiento de pertenencia que no siempre se nombra, pero que siempre se nota.
Porque puede que no todos sepamos contar quién fue San Agatángelo.
Pero todos sabemos perfectamente cómo se celebra.
Y eso dice mucho más de nosotros que cualquier biografía.
Visca Sant Agatángelo».
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Después del pregón, los actos continúan este domingo 1 de febrer con la Santa Misa y laofrenda de flores al patrón por parte de las comisiones festeras desde el Paseo de Germanías.
El día 3 de febrero habrá una cohetà en el día litúrgico de San Agatángelo para anunciar el día del patrón.
Por segundo año, se hará el volteo simultáneo de campanas desde San Agatángelo y desde la basílica Santa María.
Y, por primera vez, como ha dicho el pregonero, se presentará un dulce con motivo de esta festividad, que también será bendecido.
El día 6 se hará el sopar de cabasset en la carpa de la fiesta, amenizado por el dúo Kassandra; el sábado 7 se harán juegos y talleres infantiles, pasacalles por el barrio, paella gigante para 400 personas y una chocolatada, además de la procesión de San Agatángelo, que culminará con un castillo de fuegos artificiales.
Y, para concluir estas fiestas, el domingo 8 habrá cohetà y misa presidida por el Vicario General de la Diócesis de Orihuela-Alicante y párroco del Corazón de Jesús, Bienvenido Fernando Moreno Sevilla.
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